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Slow sex, el sexo sin prisas

El movimiento slow nació a finales de los 80 como una filosofía vital que reivindicaba la lentitud ante un ritmo de vida demasiado acelerado. En una sociedad que no tiene tiempo para nada, esta filosofía apostó, en primer lugar, por redescubrir el placer de la comida. Y así nació el movimiento slow food, que reclamaba el placer de la alimentación, desde la preparación de los platos hasta el hecho de compartir mesa con amigos y familiares pasando por la recuperación de los sabores de cada tierra.

Pero el movimiento slow no se ha desarrollado sólo en el ámbito de la comida y ya hace tiempo que ha saltado a otras esferas, como la del sexo. A principios de los años 2000 nació el slow sex, que reivindica un sexo sin objetivos, en que “se disfruta del camino sin pensar en el destino final”, como explica Sylvia de Béjar, sex coach y autora del libro Es tu sexo.

Joanna van Vleck, presidenta de la organización One Taste, creada en San Francisco hace 12 años y que se dedica a la enseñanza del slow sex, asegura que este movimiento busca “conseguir que las dos personas obtengan el máximo de sensaciones con la relación sexual”. Y añade: “No hace falta que sea lento, simplemente nos tenemos que olvidar del objetivo -que mayoritariamente es llegar al orgasmo- porque en nuestra vida estamos demasiado obsesionados por los objetivos”. Van Vleck explica: “Si practicas el sexo slow te concentras en cada cosa, en cada momento. El sexo acaba cuando uno de los dos miembros de la pareja considera que ha acabado. Pueden ser 5 minutos o dos horas. Lo importante es concentrarse en las sensaciones y no en el objetivo, así se siente mucho más y hay una conexión más profunda entre las dos personas”. En esta organización dan formación a todo tipo de personas: hombres y mujeres de diferentes edades y condiciones, interesadas en vivir el sexo de otro modo.

El orgasmo femenino como tema clave

Van Vleck explica que el movimiento slow sex está construido a partir del orgasmo femenino, a pesar de que esto no quiere decir que esté pensado sólo para mujeres, al contrario. “Para llegar al orgasmo las mujeres tienen que bajar el ritmo; el orgasmo masculino, en cambio, es rápido hasta el clímax, y después ya está. La estimulación femenina requiere subir montañas y bajar a los valles y puede incluir el clímax pero también puede no incluirlo, y este es el centro de nuestro movimiento: sentir sin presiones”.

Para el psicólogo y sexólogo Daniel Borrell esta filosofía “recoge teorías y conocimientos que ya existían desde hace tiempos, pero las presenta de manera atractiva”. Y añade: “Es una cosa que los norteamericanos saben hacer muy bien”. Aún así, no le resta importancia. “Es una buena práctica, sobre todo porque propone una actitud de atención plena hacia la sexualidad. Se trata de estar más presente, con todos los sentidos activos, despiertos, y esto garantiza más calidad, puesto que las personas están más relajadas”. Para Borrell esta práctica está muy indicada para parejas que hace mucho tiempos que está juntas. En sus años de experiencia profesional ha visto que uno de los principales problemas es la rutina, porque mata el deseo. “A ti te pueden gustar mucho los macarrones pero si comes cada día acabas aburrido”, dice. Por eso apunta que el slow sex es una buena ayuda para parejas que hace mucho tiempo que están juntas. “Es una manera diferente de cocinar los macarrones y de presentarlos de una manera nueva”.

Para Borrell, la fórmula perfecta es combinar el slow sex con otras prácticas, diversificar, así como verbalizar nuestros deseos y fantasías. “El sexo hay que prepararlo, como un viaje, y está bien hacerlo a través de las palabras, para saber qué es lo que le gusta al otro, lo que quiere”. Así, según este experto, se puede mejorar notablemente la vida sexual. “La sexualidad es como un termómetro para las parejas: las que tienen una vida sexual satisfactoria quiere decir que tienen una buena relación”. Estamos seguras de que cualquier persona que esté leyendo esto desea mejorar sus relaciones sexuales, ¿quién no?

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